
Francisco Peña Pérez, Paco Peña en los carteles (Córdoba, 1942), es uno de los grandes maestros de la guitarra flamenca del último medio siglo. Coetáneo de Serranito, Manolo Sanlúcar y Paco de Lucía, siempre fue la referencia cordobesa de la sonanta en el mundo entero. Pocos como este gran artista saben la importancia de que el mundo se enamorara de este arte hace ya más de un siglo, porque él decidió hace muchos años afincarse fuera de España para desarrollar su carrera artística. Fue quien creó la primera Cátedra de Guitarra Flamenca del mundo, en Róterdam (Holanda), y desde hace muchos años vive en Londres, donde es un baluarte de la música andaluza.
→ Una entrevista de Manuel Bohórquez
– ¿Fue usted un niño prodigio de la guitarra?
– No, ni mucho menos. Tampoco puedo decir que sé lo que el término significa. En la casa de vecinos, con muchas familias, siempre había cante, mejor o peor. Las mujeres haciendo sus labores, los varones imitando a los cantaores del momento… Y las fiestecillas en el patio, celebrando cualquier evento familiar: comuniones, bautizos y otras fiestas tradicionales como la candela en el patio en Nochebuena. Éramos nueve hermanos, siete hembras y dos varones. Mi hermano, bastante mayor que yo, tenía una guitarra, hacía sus canciones y era un buen aficionado. Yo cogía su guitarra y tenía buen oído, así que lo imitaba y, a mi manera, buscaba lo que podía. Me encantaba tocar y más tarde fui conociendo a otros chavales que sabían más que yo. Y así fui aprendiendo.
– ¿Por qué el flamenco y no otra disciplina artística?
– Eran tiempos difíciles, una familia grande y un puesto de verdura que llevaba mi madre en la plaza de abastos. Había lo justo, si llegaba. No había medios para acercarse a otras disciplinas del arte. Lo más cercano e inmediato era la música que se escuchaba entre vecinos o en un aparato de radio que mi padre trajo a la casa un día. Y yo digo: ¡qué suerte! Las tradiciones y la cultura musical nos llegaban a la casa sin tener que pagar nada. Una hermana mía trabajaba de vez en cuando en el ambigú del Gran Teatro de Córdoba y a menudo me llevaba a ver zarzuelas y otros espectáculos. Aquello me encantaba. Allí pude ver y escuchar a Lola Flores, Manolo Caracol, Rafael Farina y, lo más importante, puede escuchar y ver tocar al Niño Ricardo, que era la referencia del toque sevillano.
«El flamenco es un arte netamente andaluz. Pero aun siendo un fenómeno tan ligado a su geografía, se da el caso de que su popularidad llega hoy a todos los rincones del mundo. A menudo me preguntan la razón de tal popularidad y mi respuesta es que los materiales que maneja el artista flamenco son sentimientos humanos primarios, emociones esenciales, vivas, que proceden de lo más profundo de su historia»
– ¿En qué manera influyó que fuera usted de Córdoba?
– Yo siempre estuve, y sigo estando, enamorao de mi tierra. El carácter de la gente, algo retraído. Y la ciudad que tampoco cantaba su belleza presumiendo, sino metiéndose dentro del corazón íntimo. Sin duda, Sevilla es la gran maravilla de Andalucía, pero yo siempre me sentía cómodo escuchando y hablando bajito. En la Corredera vi cantar a Pastora Pavón, a Antonio Mairena y a otros grandes. Y, además, siendo muy joven había tenido la gran suerte de conocer y hacerme muy amigo de un gran compositor que cantaba, en su Peña El Limón. Las costumbres, los rincones, las plazuelas de Córdoba y su gente, de forma entrañable y única… Se trata de Don Ramón Medina, un gran poeta y un genio de nuestra cultura popular. Seguro que su ejemplo me marcó y me ayudó.
– Es usted uno de los grandes de la guitarra española y flamenca. ¿Ser coetáneo de Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar fue una ventaja o, por el contrario, un problema? Por aquello de la rivalidad.
– Gracias, Manolo, por el título tan generoso que me otorgas. Te digo que cuando el milagro de Paco de Lucía apareció en el horizonte no me trajo ventajas ni tampoco problemas, sino un choque al sistema. Como a todos los aficionados, creo yo. Fue como si todas las ideas que andábamos buscando los guitarristas estuvieran ya no solo realizadas sino exquisitamente depuradas en el toque de Paco, muy por encima de lo que yo pudiera aportar. ¡Fue una maravilla! No podía haber rivalidad. Paco superaba todo y a todos. Y supongo que Sanlúcar, habiendo ya adquirido reconocimiento como guitarrista puntero, se atrevió a buscar sendas en el camino que Paco había abierto, y también adquirió un importante y merecido éxito. Por mi parte, tuve mucha suerte porque ya había viajado por el mundo como solista y más tarde con mi pequeña compañía. Es decir, yo nunca hubiera podido hacerle sombra al fenómeno musical que era Paco. Ni tenía el más mínimo interés en ser “rival” de ningún otro artista. Y como digo, por suerte ya tenía mi público, así que seguí mi propio camino. Quiero pensar que siempre hay públicos para todo el artista que esté comprometido con contar algo.
– Lo vamos a homenajear en Guirijondo 2026, festival dedicado a los artistas flamencos de fuera de España. Usted ha hecho gran parte de su carrera fuera de nuestro país. ¿Qué le parece la idea de este festival?
– Este tema lo he tocado en otras ocasiones y me parece una idea estupenda. En mi respuesta tengo que mencionar dos matices fundamentales. Primero, siempre he dicho que el flamenco es un arte netamente andaluz. Y lo es. Pero aun siendo un fenómeno tan ligado a su geografía, se da el caso de que su popularidad llega hoy a todos los rincones del mundo. A menudo me preguntan la razón de tal popularidad y mi respuesta es que los materiales que maneja el artista flamenco son, en mi opinión, sentimientos humanos primarios, emociones esenciales vivas, que proceden de lo más profundo de su historia. Y con esos elementos, repletos de contenido emotivo, el artista le da forma a su arte y se lo ofrece al espectador o al oyente. Y yo modestamente afirmo que esos sentimientos le pertenecen a toda la raza humana. Cualquier persona, sea de donde sea, es susceptible de sentirse ‘tocado’ y conmovido, y básicamente, identificado con ellos.
Lo que pasa es que, en el milagroso viaje de la humanidad, en el proceso de crear la ‘sociedad’ en la que hoy vivimos y a la que casi todos estamos superacostumbrados, muchos grupos humanos en todo el planeta han perdido quizás contacto con la dura realidad de sus principios y el flamenco viene a tener la cualidad, y la virtud, de removerle a esos públicos la memoria, ya que es un arte cuya naturaleza no es otra que vivir sumergido en esa cruda realidad. Igualmente, a veces me preguntan si aquellos que no son españoles o andaluces pueden llegar a ser buenos exponentes del flamenco. Mi respuesta es que el flamenco no es cuestión de sangre o de raza, sino de geografía y cultura. Así, si alguien de sangre andaluza o, digamos, escocesa u holandesa, nace y se cría en Andalucía, esa persona tiene una ventaja sobre la que se críe lejos de allí. Su proyecto es mucho más fácil porque aprende la expresión y los matices de la misma forma que se aprende a hablar. En contrapartida, si alguien nace en cualquier otra parte del mundo, incluso siendo de padres andaluces, entonces la desventaja le afecta a esa persona. Es decir, en ambos casos el grado de autenticidad de su flamenco dependerá de la medida de su talento y la intensidad de sus esfuerzos o capacidad de trabajo. Así pues, en cualquier caso, sea cual sea su habilidad y su talento, mientras antes tenga el artista un contacto directo con el flamenco y su cultura, mejor artista llegará a ser.
«Y con esos elementos repletos de contenido emotivo, el artista le da forma a su arte y se lo ofrece al espectador o al oyente. Modestamente afirmo que esos sentimientos pertenecen a toda la raza humana. Cualquier persona, sea de donde sea, es susceptible de sentirse ‘tocado’ y conmovido, y básicamente, identificado con ellos»

– ¿España es un país agradecido en este asunto?
– No podría opinar mucho sobre el tema en general, pero a nivel personal sí hay varias cosas que le tengo que agradecer a mi país. Por ejemplo, no sé si fue en la sexta o la séptima edición del Festival Internacional de la Guitarra que lancé en Córdoba, le pedí al Rey Don Juan Carlos si podría aceptar ser Presidente de Honor aquel año y, para mi gran orgullo y satisfacción, el Rey accedió y así me lo comunicó la Casa Real. Ese mismo año había solicitado al Ministerio de Asuntos Exteriores si España podría donar un número de becas para alumnos extranjeros, sin medios pero que demostraran ser merecedores de la matrícula a los Cursos de guitarra o baile que llevábamos en el Festival y también el Ministerio tuvo a bien concederlas. Quizás esto pudo suceder porque anteriormente yo ya había recibido de S.M. el Rey la Cruz de la Orden del Mérito Civil. Pero en cualquier caso, son gestos que demuestran gran sensibilidad hacia el tema que nos ocupa, es decir, el flamenco.
– ¿Cómo fue recibido usted fuera de España?
– Mi sorpresa fue que en Londres había una gran afición a la guitarra en varios estilos: guitarra country, folk, eléctrica y también sobre todo la guitarra española, es decir, guitarra clásica. El flamenco, aun siendo menos conocido, también encontré que causaba interés y respeto. Me buscaba la vida tocando en restaurantes y otros lugares. Después de un tiempo volví a España, a la Costa Brava, para tocar en salas de fiestas y demás, y después de dos años en esa actividad me invitaron a ir a Londres con una compañía flamenca catalana. Me pidieron que tocara un solo en el show, lo cual me puso un poco en guardia. Pero lo hice y descubrí que tenía mucho éxito. Y puedo decir que eso me cambió la vida. Decidí preparar repertorio y actitud para ser solista. Pronto empecé a dar conciertos y todo fue genial. Hasta hoy.
– Háblenos de su Cátedra de Róterdam. Aquello tuvo que ser un impacto. ¿O no?
– El director del Conservatorio vino a consultar conmigo porque me conocía, y conocía el flamenco y el impacto que produce. Quería saber si me podría interesar dar clases en su institución, ya que pensaba que el curso, ya existente, de guitarra clásica se podía beneficiar de la técnica, expresión y carácter de la guitarra flamenca. Le dije que lo pensaría. Lo pensé y mi respuesta fue que, sintiéndolo mucho, no podía aceptar. Que, si bien me encantaba la guitarra clásica y su mundo, mi opinión era que el flamenco no puede estar como ayuda a otro curso con nombre y apellidos. Que si quería flamenco tenía que ser un curso independiente y completo de flamenco. Para mi sorpresa, enseguida me dijo que sí entusiasmado, que por supuesto quería incluir el flamenco en su conservatorio. Entonces fue cuando me tuve que preparar para diseñar y darle forma a dicho curso. Tuvo mucho éxito y siempre me sentí orgulloso de que mi cultura musical estuviera en primera fila.
«A veces me preguntan si aquellos que no son españoles o andaluces pueden llegar a ser buenos exponentes del flamenco. Mi respuesta es que el flamenco no es cuestión de sangre o de raza, sino de geografía y cultura. Así, si alguien de sangre andaluza o, digamos, escocesa u holandesa, nace y se cría en Andalucía, esa persona tiene una ventaja sobre la que se críe lejos de allí. Su proyecto es mucho más fácil porque aprende la expresión y los matices de la misma forma que se aprende a hablar»
– ¿Cree que España tiene deudas pendientes con el flamenco, al ser la gran música del país?
– Puede que todavía existan personas ignorantes en las instituciones. Pero los tiempos ya han cambiado tanto desde que los bares y tabernas ostentaban un cartel bien grande que decía: «Prohibido el cante». Yo creo que ya todos intuimos que hasta los grupos de música popular moderna quizás quieran acercarse al flamenco para que su propuesta pueda adquirir un sutil distintivo.
– ¿Contento con su carrera en general?
– Mucho. La guitarra y los viajes han impulsado prácticamente todas mis amistades. He conocido a personajes geniales y maravillosos. He tenido la enorme satisfacción de llevar a mi madre a embajadas y palacios. He compartido el escenario con verdaderos iconos de la música: John Williams, el puntero de la guitarra clásica española en el siglo XX y el presente. Eduardo Falú, que elevó el folklore argentino y sudamericano en general a niveles de realeza. Inti-Illimani, grupo chileno innovador que escogió el exilio antes que compartir su país con Pinochet. Joe Pass, legendario virtuoso del jazz. Leo Kottke, Pepe Romero. Eso sin hablar de mi querido Paco el de Lucía, que era un gran amigo y un caballero. Y sin olvidar el honor de estrechar la mano y conversar con Nelson Mandela, modelo máximo de sabiduría, dignidad y entereza. Ha sido un viaje que no cambiaría en absoluto.
– Gracias, maestro Peña. Un honor recibirlo y homenajearlo en Palomares del Río. En Guirijondo. ♦

