
Lo que comenzó como un arte local, vinculado a unas circunstancias históricas y sociales muy concretas, se ha convertido en un lenguaje universal. Un lenguaje que, sin perder su acento andaluz, es capaz de ser entendido y sentido en cualquier rincón del planeta.
Nacido en el sur de España como una expresión íntima, marginal y profundamente arraigada en la experiencia de vida de comunidades concretas, el flamenco ha recorrido un camino extraordinario hasta convertirse en un arte universal. Lo que en sus orígenes fue cante de fragua, de taberna, de corral de vecinos o de reunión familiar, hoy resuena en escenarios de los cinco continentes, enseñado en academias, estudiado en universidades y celebrado en festivales internacionales de extraordinaria importancia. Esta expansión no es un fenómeno reciente, sino un proceso que se remonta ya al siglo XIX, cuando el flamenco comenzó a viajar más allá de sus fronteras naturales. Otra cuestión es que eso tuviera eco en los periódicos. A mediados del siglo XX, el director de un importante teatro de Hamburgo anunciaba en un diario madrileño que vendría a España para llevarse al Señor Planeta y la Señora María Borrico, los dos grandes artistas gaditanos. De eso hará ya mismo dos siglos. O sea, que el interés del flamenco en el mundo no es algo contemporáneo.
En ese siglo, en plena eclosión de los cafés cantante, figuras como Silverio Franconetti desempeñaron un papel decisivo no solo en la dignificación del flamenco como espectáculo, sino también en su proyección exterior. Los cafés cantante no eran únicamente espacios de ocio. Eran auténticos centros de difusión cultural donde se fijaron estilos, se profesionalizó el arte y se atrajo a públicos diversos, incluidos viajeros extranjeros que, fascinados por aquel arte intenso y desgarrado, comenzaron a llevar su recuerdo más allá de España. Sin ellos, y es algo no suficientemente ponderado, se sabría mucho menos de lo que sabemos de aquella época.
No debe olvidarse que el siglo XIX fue también el tiempo del romanticismo, una corriente que idealizó lo andaluz, lo gitano y lo “exótico” dentro de Europa. Escritores, pintores y viajeros contribuyeron a construir una imagen del flamenco que despertó curiosidad internacional. Así, aunque todavía de manera incipiente, el flamenco empezó a circular como un símbolo cultural, primero en el imaginario y luego en la práctica. Hay que destacar que cuando Europa tuvo una gran crisis teatral, a mediados de siglo, salvaron a los teatros de esa crisis las célebres boleras sevillanas Petra Cámara y Manuela Perea La Nena. También la gaditana Josefa Vargas. Eran las flamencas de época, cuando nuestro arte ni se llamaba aún flamenco.
Ya a finales del siglo XIX y comienzos del XX, ese trasiego de flamencos por el mundo se hizo más importante. Artistas flamencos comenzaron a participar en giras internacionales, especialmente en Europa y América. El auge de los espectáculos de variedades y las exposiciones universales abrió nuevas oportunidades. El flamenco se integró en compañías que recorrían teatros de París, Londres o Buenos Aires, adaptándose a formatos escénicos más amplios sin perder del todo su esencia, que siempre estaba en Andalucía.
En el primer tercio del siglo XX, esta expansión se consolidó. La llamada “ópera flamenca” —un término más comercial que artístico— llevó el flamenco a grandes teatros y plazas de toros, aumentando su visibilidad y su público. Al mismo tiempo, la emigración española, especialmente hacia América Latina, contribuyó a crear núcleos donde el flamenco no solo se escuchaba, sino que se practicaba. En ciudades como Buenos Aires o México, el flamenco echó raíces y comenzó a dialogar con otras tradiciones musicales.
Sin embargo, el verdadero salto global del flamenco se produjo en la segunda mitad del siglo XX. Aquí entran en juego figuras que, sin abandonar la tradición, supieron proyectarla hacia nuevos horizontes. Entre ellas destacan el bailaor Antonio Ruiz, la bailaora Pilar López y Paco de Lucía, cuya guitarra llevó el flamenco a auditorios internacionales y lo puso en diálogo con el jazz y otras músicas del mundo. Su trabajo no solo amplió el público del flamenco, sino que también cambió la percepción de este arte, mostrando su complejidad y su capacidad de innovación.
Junto a él, artistas como Camarón de la Isla revolucionaron el cante, atrayendo a nuevas generaciones y rompiendo barreras estilísticas. Y en el ámbito de la danza, figuras como Antonio Gades o Cristina Hoyos llevaron el flamenco a los grandes escenarios internacionales, integrándolo en producciones teatrales de gran formato. Este proceso coincidió con un contexto global cada vez más interconectado, en el que las músicas del mundo empezaron a valorarse como patrimonio cultural. El flamenco, con su intensidad expresiva y su riqueza rítmica, encontró un lugar destacado en ese panorama. La declaración del flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2010 no hizo sino reconocer una realidad ya consolidada: el flamenco era, y es, un arte universal.
Hoy en día, el flamenco está presente en todo el mundo de formas muy diversas. Existen escuelas de flamenco en ciudades tan distantes como Tokio, Nueva York o Berlín. En Japón, por ejemplo, el flamenco ha alcanzado un nivel de implantación sorprendente, con miles de estudiantes y una afición apasionada que respeta profundamente la tradición. No es raro encontrar allí bailaores y guitarristas que han dedicado su vida al estudio del flamenco con un rigor admirable.
En el ámbito académico, el flamenco ha dejado de ser un arte marginal para convertirse en objeto de estudio. Universidades de distintos países ofrecen cursos, seminarios e incluso cátedras dedicadas al flamenco, abordándolo desde perspectivas históricas, musicológicas, antropológicas y performativas. Este reconocimiento académico contribuye a su preservación y a su difusión, al tiempo que genera nuevos discursos sobre su significado y su evolución.
«Guirijondo nació por esto. Había que ocuparse de los amantes del flamenco en el mundo. No solo de los aficionados, sino de los artistas, que son muchos y en cualquier rincón de la tierra. En esta cuarta edición rendimos homenaje a Países Bajos, siguiendo con la tradición de reconocer cada año el valor flamenco de los países del mundo»

Los festivales internacionales son otro de los pilares de esta presencia global. Eventos como la Bienal de Flamenco de Sevilla —aunque localizada— atraen a artistas y públicos de todo el mundo, funcionando como punto de encuentro y de intercambio. Pero más allá de España, existen festivales dedicados al flamenco en Francia, Estados Unidos, Holanda o incluso en países asiáticos. En estos contextos, el flamenco se presenta tanto en su forma más tradicional como en propuestas innovadoras que exploran sus límites.
Los tablaos, por su parte, han encontrado también su lugar fuera de España. Aunque el tablao es una institución profundamente ligada a ciudades como Sevilla o Madrid, su modelo ha sido exportado a otras capitales, donde se recrea —con mayor o menor fidelidad— la experiencia del espectáculo flamenco en vivo. Estos espacios, junto con las salas comerciales y los teatros, permiten que el flamenco llegue a públicos que, de otro modo, no tendrían acceso a él.
Las peñas flamencas, aunque más difíciles de exportar en su esencia, también tienen su equivalente en asociaciones culturales y clubes en distintos países. Estos espacios, generalmente impulsados por aficionados, cumplen una función fundamental: mantener viva la dimensión comunitaria del flamenco, esa que no depende del espectáculo ni del mercado, sino del encuentro y la transmisión directa.
Pero esta expansión global no está exenta de tensiones. El flamenco, al salir de su contexto original, corre el riesgo de diluirse, de convertirse en una imagen estereotipada o en un producto descontextualizado. La comercialización puede simplificar sus formas, reduciendo su complejidad a lo que resulta más accesible para el público internacional. Sin embargo, al mismo tiempo, esa misma expansión ha generado un interés renovado por sus raíces, por su historia y por su autenticidad.
En este sentido, el flamenco vive en un equilibrio constante entre tradición e innovación, entre local y global. Su fuerza radica precisamente en esa capacidad de adaptarse sin perder su identidad, de dialogar con otras culturas sin dejar de ser reconocible. Cada vez que un bailaor japonés interpreta una soleá, o una guitarrista estadounidense estudia los toques de Sabicas, el flamenco se transforma y, al mismo tiempo, se reafirma.
Quizá lo más fascinante de este recorrido es que, a pesar de su expansión, el flamenco sigue conservando algo de su origen: esa intensidad emocional, ese vínculo con la experiencia humana más profunda, que lo hace reconocible en cualquier lugar del mundo. No importa si se escucha en un pequeño tablao de Sevilla o en un teatro de Nueva York: cuando el flamenco es verdadero, comunica algo que trasciende las palabras y las fronteras.
Así, lo que comenzó como un arte local, vinculado a unas circunstancias históricas y sociales muy concretas, se ha convertido en un lenguaje universal. Un lenguaje que, sin perder su acento andaluz, es capaz de ser entendido y sentido en cualquier rincón del planeta. Y en ese viaje, que comenzó ya en el siglo XIX y continúa hoy con fuerza, el flamenco no solo ha llevado su música y su danza al mundo: ha llevado también una forma de mirar, de sentir y de estar en la vida.
Guirijondo nació pensando en todo lo expuesto aquí. Había que ocuparse de los amantes del flamenco en el mundo. No solo de los aficionados, sino de los artistas, que son muchos y en cualquier rincón de la tierra. En esta cuarta edición rendimos homenaje a Países Bajos, siguiendo con la tradición de reconocer cada año el valor flamenco de los países del mundo.
Homenajeados ya Japón y Francia, este año tocaba destacar la flamencura de Países Bajos. Les invito a que lean este artículo escrito expresamente para la ocasión. Nadie mejor que Marlies Jansen, que estará este año con nosotros para dar una conferencia y recibir un más que merecido homenaje.
Texto: Manuel Bohórquez
